Aprender a mirarte para verte mejor

por 12/06/2018Bienestar
Aprender a mirarte para verte mejor

Algo está cambiando. Hace algunos años, y de eso no hace tanto tiempo, la revista ELLE del mes de mayo se conocía en la rebotica como el número del culo. Sin embargo, ya en la del año pasado pude leer entre sus páginas declaraciones de intenciones como que “lo único en lo que deberíamos ser todas iguales, es en pensar que no vale la pena sufrir ni un segundo por no encajar en las etiquetas de los demás”.

La de este año, continúa en esa línea. El regreso de las curvas, el culto al cuerpo sano y la diversidad femenina destacadas en la portada. Eso sí, ilustrada con la imagen de una modelo “de las de siempre” que lastra algo de la coherencia del mensaje, pero, aun así, ya es un paso. Un paso más. Y uno tras otro. Avanzamos Sancho, que diría el famoso hidalgo.

Me alegra saber que “ese movimiento imparable que nos invita a no perder ni un segundo en sufrir por no encajar en un estereotipo de belleza” es ya una realidad. Un concepto y un estilo con mucho estilo que, ¡¡al fin!!, se ha hecho un hueco, auspiciado por un buen número de mujeres reales que hace ya tiempo que se cansaron de intentar ser perfectas, que se dieron cuenta de que aceptarse tal y como son y abrazar sus imperfecciones como parte de su autenticidad, les llevaba inmensamente más lejos.

Sin embargo, como con el feminismo, hemos hecho camino, pero aún nos queda un gran trecho por recorrer. Mi experiencia acompañando a otras mujeres a descubrir su verdadero estilo me dice que todavía nos cuesta creernos que son, precisamente, nuestras diferencias las que nos hacen únicas, irrepetibles, especiales.

Aprender a mirarte para verte mejor

Solemos mirarnos poco y lo hacemos mal. “La belleza debe ser entendida como una fuente de felicidad y autoestima, no como una causa de estrés. Solo así recuperaremos la seguridad que un día perdimos frente al espejo”. Así lo explica Taryn Brumfit en el documental Embrace.

Porque para vernos mejor, hay que aprender a mirarse bien. Y mirarse bien, va más allá del mero concepto de mirarle. Así que espero que lo que vas a leer a continuación te ayude a querer tu cuerpo para amarte más. Un poquito más que, en realidad, día tras día, suma un muchito más.

 

Aprender a mirarte para verte mejor

Aprender a mirarte para verte mejor

1. Mirarse al espejo.

Una creencia limitante que ha causado estragos en nuestra sociedad es la de que mirarse al espejo es de vanidosas, de egocéntricas, de narcisistas, en definitiva, de creídas.

Sin embargo, a mí no se me ocurre otra forma mejor que ponernos frente al espejo para descubrirnos, redescubrirnos, conocernos mejor y hasta reconocernos. Lo contrario es justo lo contrario, valga la redundancia. Dejar de mirarte es dejar de verte. Dejar de verte, es dejar de aprenderte y de aprehenderte.

Te sorprenderías de la cantidad de mujeres que no le da importancia que tiene a mirarse en el espejo; mucho; cuanto más mejor. Hagamos la prueba. ¿Sabrías decirme cuántos espejos tienes en tu casa? ¿Tienes alguno en el que puedas verte “entera”? ¿Y cuántas veces te miras en ellos? Si no sabes, si tú dudas, yo lo tengo claro; necesitas llevarte bien con la imagen que te devuelve el espejo.

¿Cómo hacerlo? Desvistiéndote de tus vergüenzas, envalentonándote, siendo capaz de observarte a ti y a tu cuerpo con toda la objetividad que puedas. Se trata de que te analices desde todos los ángulos posibles, porque no eres una imagen bidimensional, sino una tridimensional.

2. Encontrar tus virtudes.

Es curioso cómo nos resulta muchísimo más fácil buscarnos nuevos defectos que encontrarnos pocas virtudes. Apuesto lo que quieras a que tardas menos en decirme tres cosas que no te gustan de tu cuerpo a contarme tres que te encanten. ¿Estoy en lo cierto?

Mirarse bien no es más (y a la vez tan difícil) que aprender a aceptarte tal y como eres. Porque solo conociendo tus puntos débiles podrás trabajar para mejorarlos, si es lo que quieres, claro; y solo conociendo tus puntos fuertes conseguirás potenciarlos, ponerlos a jugar a tu favor.

Al final, el espejo solo nos devuelve el reflejo de una realidad que, lejos de luchas, peleas y disgustos, más nos vale esforzarnos en abrazar. Huir del espejo, en cierta manera, es huir de lo que somos; negarnos la capacidad de crecer.

Volvamos al espejo. Mírate de nuevo y trata de ir describiendo cada parte de tu cuerpo solo con adjetivos. Sin juicios. No es lo mismo que digas de tu boca que es “pequeña, de labios finos y dientes alineados” que “es fea, con labios horribles y sonrisa triste”. No es lo mismo. Punto.

3. Dejar de compararte con los demás.

En palabras de Roosevelt, “la comparación es un ladrón de la alegría” y, sin embargo, que tire la primera piedra aquella que no se haya comparado nunca con las demás. Compararnos da para mucho y lo abarca todo, desde los éxitos de los otros a la relación que tienes con tu propio cuerpo. Pero me atrevería a decir que si no siempre, casi siempre, despierta envidia, celos y cierto complejo de inferioridad.

Y las redes sociales alimentan todo esto en una batalla que ya tienes perdida de antemano: la de la perfección. Es más, la de una realidad que, en más ocasiones de la que nos gustaría, está edulcorada, distorsionada y tamizada. ¿Quién puede salir beneficiada al poner en la misma balanza lo peor de una misma con lo mejor de sí que muestran otras?

A mi mente vienen entonces muchas frases del gran pozo de sabiduría inagotable que es nuestro refranero: “de dinero y santidad, la mitad de la mitad”, “no es oro todo lo que reluce”,… y podría seguir hasta decirte que una sonrisa instantánea no significa una felicidad eterna.

Hace poco leía en un artículo en el que daban algunos tips para romper el hábito de compararte. Identificar cuál podía ser la fuente de origen de la comparación, ser consciente de cómo las redes pueden desviarnos de concentrarnos en nosotros mismos, o tomarnos un café con nuestro crítico interno eran solo algunos, pero me llamó poderosamente la atención, ese otro que nos invita a canalizar esa comparación para convertirlo en algo productivo.

Y me pareció muy cierto que sentir envidia de lo que son, tienen o hacen otros es una gran oportunidad para mejorarnos a nosotros mismos. No desde la autocrítica ni la autoexigencia, pero sí desde la autocompasión. “Con la perspectiva correcta, hacer observaciones sobre el éxito de otras personas puede fortalecerte. En lugar de preguntarte por qué no tienes lo que tienen otros o no has logrado lo que han logrado ellos, puedes reflexionar qué puedes aprender”, se decía en el texto.

4. Vestir a la mujer que eres hoy.

Porque es una forma la mar de motivadora para que vuelvas a divertirte vistiéndote. Sobre todo, si eres de esas mujeres que no encuentran a gusto en su talla. Y eso es algo que me parece muy triste porque supone dejar de lado lo maravilloso que es apreciar el paso del tiempo en nuestros cuerpos. Y olvidarnos de todas las historias, las bonitas y las no tanto, que han dejado huella en ellos.

Al final, la talla es un número que no dice nada de quiénes somos, un número hueco que estandariza una industria y que, dependiendo de tu relación con ella, puede facilitarte la vida o encorsetarte en tu cuerpo.

Más que preocuparnos por la talla, deberíamos enfocarnos en encontrar nuestra armonía y en buscar nuestras proporciones. Todavía recuerdo una polémica que se generó en Twitter a raíz del comentario de un político respecto de la talla de Begoña Villacís, a la que tildó de “ponerse fondona” y cómo salió ella del paso. “No es cuestión de talla, sino de dar la talla”, reaccionó. Y me pareció tan genial, que decidí incorporarla al manifiesto Toca Tacón.

5. Buscar inspiración para tu estilo.

Y parafraseando a Sabina, como te digo una co, te digo la o, y es que las redes sociales también tienen una cara infinitamente más amable: la de su capacidad para inspirarnos. Y no me refiero únicamente a que puedas encontrar millones de ideas para probar looks nuevos que hagan que tu estilo siga avanzando, sino también a ser capaz de encontrarla en tu día a día. Dicen que no hay mejor universidad que la de la propia vida, llena de pequeños detalles. Y cada vez estoy más convencida de que el estilo más auténtico se esconde en la mirada genuina de cada uno.

Lo bueno es que esa mirada puede entrenarse. Podemos, de alguna manera, aprender a mirar bonito. Y me gustaría proponerte el siguiente ejercicio para que tú también lo experimentaras. Observa a las personas que tienes a tu alrededor y trata de encontrar al menos un aspecto bonito en ella. Puede ser un rasgo físico, algo material, como un anillo o los zapatos que lleva, o algo, digamos, más intangible: cómo se coloca el pelo, cómo mueve las manos o cómo camina.

Aprender a mirarte para verte mejor
Al principio, es probable que se te haga un poco cuesta arriba pero cuando más lo hagas más fácil te resultará y menos tardarás en encontrar “ese algo” en los demás. Y se hará extensivo hacia ti misma. Palabrita.

Ahora te toca a ti. ¿Compartes conmigo alguno de tus trucos para mirarte bien y verte mejor? ¿Te animarás a probar estos? ¿Por cuál es por el que más te apetece empezar?

 

Todas las fotografías de este post son de Eva Gascón.

 

 

Ana Paniagua: Soy estilista, periodista e inconformista. Trabajo ayudando a mujeres a contar quiénes son a través de lo que llevan puesto. Creo que cuando una mujer se mira al espejo y le gusta lo que ve, se siente fuerte, se atreve a soñar y sonríe más. Por eso, mi propósito es apoyarte para que te aceptes tal y como eres y sepas cómo potenciar al máximo tu belleza natural y la autenticidad de tu propia historia.

En mi blog Toca Tacón escribo semanalmente historias de estilo y armarios para mujeres imperfectas. Y todos los domingos nos tomamos un ‘cafeté’ en la que hablamos de cómo tener más estilo con menos armario. Si quieres venir al próximo, puedes apuntarte aquí. Si lo haces ahora, además te llevarás de regalo mi Guía para Mejorar tu Estilo en 8 pasos. Puede que haya sido una casualidad haber llegado hasta aquí, pero yo estoy segura de que no.

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